La serie documental de Netflix revive el caso Dalmasso con una crudeza que incomoda. Muestra cómo la Justicia fracasó estrepitosamente y cómo el periodismo se convirtió en verdugo sin pruebas. Un ejercicio de memoria sobre la violencia institucional y mediática que puede arrasar con todo.
El asesinato de Nora Dalmasso no solo fue un crimen sin resolver durante años, sino también el punto de partida de una saga mediática que expuso a una familia entera a la humillación pública. La serie dirigida por Jamie Crawford reconstruye el caso con material de archivo y testimonios inéditos, y logra mostrar cómo el escándalo desplazó a la búsqueda de la verdad. Desde el primer fiscal hasta los cronistas más sensacionalistas, todos jugaron su parte en un espectáculo que sacrificó justicia por rating.
La serie da voz a los hijos de la víctima, Facundo y Valentina Macarrón, quienes hasta ahora habían permanecido en silencio. Sus relatos desnudan la dimensión humana del drama: la exposición brutal de su intimidad, las acusaciones infundadas y el calvario de ver cómo su madre era degradada públicamente. Las imágenes de ambos pidiendo privacidad frente a la tumba de Nora son uno de los momentos más crudos del documental. Ahí, el periodismo deja de informar y se vuelve acoso.
Pero si los medios actuaron como fiscales, la Justicia no se quedó atrás en despropósitos. Desde imputaciones sin pruebas hasta teorías delirantes, como la del viaje secreto del viudo para cometer el crimen, el expediente acumuló errores groseros. Solo casi dos décadas después un fiscal cotejó ADN con un testigo olvidado: Roberto Bárzola. El resultado fue positivo. Ahora, la causa corre contra el reloj para evitar la prescripción. Mientras tanto, la serie deja una conclusión inquietante: en Argentina, el sensacionalismo puede más que la verdad, y el daño raramente tiene reparación.





