El consumo masivo volvió a dar señales de alarma. Según los últimos datos del INDEC, las ventas en supermercados ingresaron de lleno en una fase de caída sostenida, con un retroceso del 0,8% interanual y una baja del 0,2% mensual en la serie desestacionalizada de septiembre. Pese a que el acumulado anual todavía muestra una mejora del 2,7% real, ese número se explica únicamente por el rebote del primer semestre: la curva de los últimos meses es claramente descendente.

A precios corrientes, la facturación llegó a $1,96 billones, pero creció menos que la inflación medida por el índice de precios implícitos. En otras palabras: se factura más porque todo vale más, no porque se venda más. El cambio en los medios de pago también muestra la tensión del bolsillo: las compras con tarjeta de crédito ya representan el 44,1% del total, mientras que el uso de billeteras virtuales creció más de 50% interanual, señales de que cada vez más familias recurren al financiamiento o a promociones para estirar ingresos.

La situación en los shoppings exhibe una doble realidad. Aunque las ventas de septiembre cayeron 3,4% interanual, el acumulado enero–septiembre sigue positivo, con un crecimiento del 6,3% frente al año pasado. Las consultoras privadas agregan otro dato: en agosto los centros comerciales estaban 3,6% por encima del nivel promedio 2023, mientras que supermercados y mayoristas se mantienen entre 10% y 22% por debajo de ese registro.

El contraste revela un fenómeno cada vez más visible: la crisis golpea con fuerza al consumo popular, mientras que un sector reducido de ingresos medios y altos todavía sostiene parte de su gasto, incluso con una creciente migración hacia compras importadas y plataformas de e-commerce del exterior. El mapa del consumo argentino se parte en dos: un mercado masivo que se retrae y un consumo de nicho que apenas resiste en medio de la recesión.

Tendencias