El Gobierno nacional, a través del ministro de Economía, Luis Caputo, decidió volver a tomar deuda como mecanismo para enfrentar sus obligaciones financieras. Este viernes, se confirmó la colocación de un bono del Tesoro en dólares, ley local, a cuatro años de plazo, con una tasa del 6,5 %. La justificación oficial: no se trata de contraer “deuda nueva” para financiar gasto corriente, sino de refinanciar pasivos que vencen en los próximos meses, con la esperanza de ganar tiempo y ordenar vencimientos futuros.
El recurso a esta estrategia no resulta sorprendente: el país enfrenta una seguidilla de pagos externos e internos —incluyendo intereses y vencimientos de bonos— para los primeros meses del año que viene. Con las reservas del mercado cambiario tambaleando, el Gobierno busca alternativas de financiamiento frente a la imposibilidad de cumplir con los compromisos con los propios dólares que posee.
Para muchos economistas y analistas, esta jugada revive una vieja receta, que recuerda a los “megacanjes” o refinanciaciones sucesivas: endeudarse para poder pagar deudas anteriores, sin atacar de fondo el problema de base. Esa dinámica puede alargar el calendario, pero también postergar decisiones profundas sobre ajuste fiscal, generación de dólares genuinos y estímulo a la producción.
La emisión del bono del Tesoro también llega en un contexto de incertidumbre: el riesgo país argentino continúa alto, los mercados exigen primas importantes por invertir, y la posibilidad de emitir deuda a tasas accesibles parece cada vez más lejana. En ese marco, refinanciar su vencimientos podría ser una salida necesaria, pero de alto costo.





